Quieren su herencia

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Hija: Oiga, amá, ¿cómo que va a vender la casa de la ciudad?

Mamá: Sí, mija. Ya lo pensé bien.

Hija: No la amuele, amá. Esa casa es nuestra herencia.

Mamá: ¿Nuestra? No te confundas, mija. Esa casa la hicimos tu padre y yo con nuestras manos, trabajando de sol a sol, comiendo frijoles sin carne. Y ahora resulta que la herencia la quieren antes de que una se muera.

Hija: No la venda, amá. Íbamos a pedir un préstamo pa’ cambiar el carro.

Mamá: Ahí nomás, ya salió el peine, mija. No te dolía la casa, te dolía no meterle mano al dinero. Pero, ¿sabes qué? Yo ya los crié. Ya los saqué adelante.

Hija: ¿Entonces prefiere irse a disfrutar la vida mientras sus hijos batallan? ¿De verdad se lo va a gastar usted en vez de tendernos la mano? Dígame por qué, amá.

Mamá: Porque cuando ustedes eran niños, yo sí vendí mis sueños pa’ comprarles zapatos. Cuando ustedes tenían hambre, yo decía que ya había comido. Cuando ustedes necesitaban algo, siempre encontraba cómo. Cuando se enfermaban, era yo la que no dormía. ¿Y sabes qué, mija? Ese dinero es pa’ mí. Voy a conocer el mar, voy a descansar. Prefiero que digan que me volví loca, a que digan que me morí esperando gratitud.

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